Sin embargo, no siempre los profesores comparten esta convicción. Así pues, mi profesor de periodismo nos citó a mí y a mis compañeros a las 11 de la mañana del jueves 25 de enero del 2018 en el congreso del estado de Puebla, para cubrir la sesión de ese día. Mi grupo de amigos y yo tomamos los autos y nos dirigimos rápidamente al lugar de la cita en el horario establecido,
Y bueno, así es como nace esta columna, pues en reemplazo de la nota que hubiéramos tenido que hacer sobre la sesión en el congreso, el profesor nos encargó una crónica de todo lo que observáramos en el centro histórico del estado en 80 líneas.
Efectivamente, mis amigos y yo estábamos hasta la coronilla, indignados, y con un hambre voraz.
Luego del coraje, decidimos que la vida se ve mejor con el estomago lleno, así que nos dispusimos a organizarnos para ir a desayunar al afamado "Café Milagros", en la calle de los Sapos.
De camino al restaurante me topé con todas las rarezas que el centro de la ciudad alberga. Desde pequeñas boutiques alternativas de ropa, hasta negocios callejeros de artesanías, sin lugar a dudas, el barrio de los sapos tiene de todo.
A pesar de mi deteriorado humor, decidí que una sonrisa y una buena actitud podría aligerar el estrés. Fue por este motivo, que comencé a relajarme un poco, y a intentar empezar a cotorrear y chacotear con mis amigos, que estaban mi misma sintonía.
Entramos a una pequeña tienda de ropa 100% mexicana, llamada "Los bigotes de Frida". Una tienda bastante curiosa, con diseños increíbles y alucinantes, que reflejan el espíritu nacional de la mujer en quien se basaron para nombrar esta marca: Frida Khalo.
Fue una gran experiencia que me hizo sentirme orgulloso del producto interno que nuestro país oferta, así como de la visión e ingenio que las nuevas generaciones están demostrando.
En definitiva, salí bastante inspirado del lugar.
No obstante, la tristeza no tardó en apoderarse de mí. El pasado 19 de septiembre del 2017, un impactante terremoto sacudió a la parte central del país, afectando enfáticamente a los estados de Puebla, Morelos y la Ciudad de México. Para todos aquí en Puebla, este momento significó el replantear muchas cosas en nuestras vidas. Reflexionar sobre la fragilidad de la vida, y sobre lo importante que es valorar a aquellas personas que amamos.
Los vestigios de la tragedia más palpables en la capital del estado, se encuentran justo aquí, en el centro histórico de la ciudad, pues al ser construcciones antiquísimas, que incluso han sido declaradas como patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), son edificaciones que se vieron vulneradas con mayor facilidad.
Es impresionante caminar por las calles del legendario centro, por las cuales he caminado durante toda mi vida, en ruinas, incompletas, fulminadas.
Una gran parte de mi corazón tronó, las lágrimas y los malos recuerdos comenzaron a hacer contacto con mi sistema nervioso. Había procurado evitar pasar por esta zona de la ciudad precisamente porque sabía que al ver este legendario lugar en su más paupérrima expresión, mi alma iba a pender de una cuerda floja.
La reconstrucción de los lugares que se vinieron abajo crea una atmósfera de nostalgia, pero a su vez es un recordatorio de que la esperanza y la lucha siguen adelante, que la vida sigue, que el país en el que vivimos vale la pena y que todo va a estar bien.
En fin, el recorrido siguió y por fin llegamos a nuestro destino. El Café Milagros, es un lugar muy bonito, con su terraza y sus patio adornados al puro estilo revolucionario, pero con tintes de un milenialismo que se deja ver en sus colores, en su personal y en esta sensación de que llegas a un lugar clásico, pero que huele a nuevo.
Las expectativas de este lugar eran muy altas, pues es un lugar que particularmente ha dejado un gran sabor de boca entre mis amistades, y a título personal.
Por lo tanto, fue un poco desalentador el llegar y de entrada ver que no cabíamos en la ya usual terraza en la que nos gusta acomodarnos, pues en esta ocasión iba la familia completa. Sí, 14 jovenazos ya por encima de los 20 años, no pudieron ser acomodados en la parte alta del lugar. Pero bueno, con toda la buena vibra del mundo nos situamos en la planta baja, en un cuarto muy colorido, lleno de alebrijes de porcelana, diablitos de tela, papel de China, y un comedor rústico. Bastante acogedor diría yo.
No puedo alabar, ni mucho menos hablar del buen servicio del lugar, los meseros, un tanto molestos y desesperados por tener muchas mesas, comenzaban a dar muestras de su desesperación, cuando casi tiran una charola llena de comida, ocasionando que dos de sus meseros protagonizaran una pequeña rencilla, en frente de nosotros.
Lamentablemente, el servicio siguió fallando. Al parecer, el personal no está capacitado para atender una mesa con tantas personas, y lo entiendo, en su lugar, yo también me haría bolas con tantas comandas. Sin embargo, eso no quito lo desesperante que fue esperar al rededor de 20 minutos por nuestro desayuno, no tener en la mesa todos los cafés, ni los jugos que se ordenaron al tiempo que ya debían estar en la mesa.
Pero lo más frustrante, fue cuando a uno de mis amigos no le habían preparado los molletes que había pedido desde el principio, teniendo que esperar otros 20 minutos (40 en total) para poder comenzar a desayunar con el resto.
Por fortuna, la buena onda en la mesa no paró. Reímos, charlamos y recordamos algunos de los momentos que hemos vivido a lo largo del tiempo que llevamos estudiando juntos. Aunque el café estaba frío y tenía por lo menos unas 4 cucharadas de azúcar, o que el jugo de naranja fuera de sobrecito, el buen ambiente (y probablemente lo hambrientos que nos encontrábamos) hizo que pasáramos por alto todos estos detalles y disfrutáramos de un buen momento de unión y fraternidad.
Llegó la cuenta, y como es costumbre, uno de mis amigos sólo traía "plástico", por lo que pagó aparte su cuenta y tuvimos que esperar unos minutos afuera del café a que la terminal funcionara para liquidar el ticket.
Salimos del lugar, con una brisa fría que nos hizo abrigarnos. Pasamos por una tienda de abrigos y nos detuvimos a verlos, cosa que no fue muy productiva puesto que eran de piel auténtica, lo que nos quitó el encanto y mató todas nuestras ganas de adquirir uno (no fue por el precio, obviamente).
Para concluir, regresamos a la facultad, para nuestra última clase del día. En el carro, se venía oyendo "Linger" de la recién fallecida Dolores O'riordan, como una pequeña remembranza de que la vida es corta y muchas veces injusta, pero que al final del día, el objetivo es siempre pasarla bien, y sacarle el lado bueno.

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